Archivos Mensuales: marzo 2015

Bélgica y sus patatas fritas

Hoy en Gastronomía por el Mundo: Bélgica y sus patatas fritas.

Bélgica, un país pequeño, más o menos como Galicia, es un país raro. En Lonely Planet empiezan diciendo “Los belgas son raros, hacen cosas raras y para ellos es motivo de orgullo” y amén. Me da entre risa y una sensación de estupidez cuando veo a dos belgas, uno del norte y otro del sur, que tienen que hablar en inglés porque no se entienden. Aquí se hablan 3 idiomas: flamenco, francés y alemán. Y si hablas uno de ellos no hablas el otro. Imaginad que Bélgica es como Galicia, que si uno de Lugo se encuentra con otro de Pontevedra y con otro de Orense, ninguno se entienda y tengan que hablar en euskera porque eso sí, todo dios sabe euskera, en el caso de Bélgica, inglés. O que estuvieran más de un año y medio sin gobierno porque no se ponían de acuerdo. Lo dicho, que son pequeños, raros de cojones pero muy divertidos.

Solo conozco dos países que basen su dieta en la patata: Bélgica e Irlanda. Pero con una diferencia, en Irlanda no tienen ni puta idea de hacer una patata y en Bélgica la fríen. En un mes en Irlanda aborrecerías cualquier tipo de patata que hagan (cocida, al horno, etc.) y en un mes en Bruselas te conviertes en un somelier de la patata frita. Aquí el plato nacional son patatas fritas con mahonesa, lo cual confirma mucho lo de que son raros, lo que me parece de puta madre, por cierto, y coloca a Bélgica en el Top 5 de países en el mundo.

Entre las teorías que hay, la que más parece que se sostiene, es del año 1781 y tiene como protagonistas a los pescadores belgas, acostumbrados a freír en grasa los pescaditos que pillaban en el río Mosa. Ese año el río se congeló más de lo normal, o sea todo, cortaron las patatas con la forma de los pescaditos (flipa tú qué nivel de escultura cubista) y las tiraron en la grasa donde hacían los pescaditos, y se hizo el mundo, el ser humano como especie evolucionó a cotas solo comparables a cuando descubrió el mando a distancia. Y aquí, a día de hoy este plato es Dios.

Que todo el mundo, menos nosotros, las llame french fries, es por dos razones conjuntas, la primera es que en la Primera Guerra Mundial, los americanos y los belgas lucharon juntos en la trincheras. Y la segunda que los americanos, es su estilo, no se enteran de donde cojones andan por el mundo y si hablas francés pues eres francés y ya está. Así que cuando un tipo le dio unas patatas fritas al sargento O’Hara en la trinchera, y después le dijo “Voulez-vous la mayonnaise?” (que si te pongo mahonesa por todo lo gordo, en perfecto francés). El americano dijo, ¡coño, esto está bueno y es francés!. Y en un arrebato de creatividad y cultura geográfica, lo llamo french fríes o patata francesa. Cosa, que tiene a los belgas calentitos con los franceses.

Aquí las hacen en grasa. Grasa de buey o grasa de caballo, así como suena de gordo. Y lo que sí me parece un detalle de un Nobel, es que las fríen en dos pasos. Y aquí está el puto truco de Bélgica. Es un poco como las patatas bravas, que se cuecen y luego se fríen. Aquí, primero las hacen a fuego lento, lo que hace que se hagan por dentro como casi cociéndolas, y luego a tope para que se doren. Aquí usan la patata Bintje, que no tengo ni idea de cuál es, pero lo he preguntado, y no voy a tener cojones de ir donde el de la frutería a decirle “¿me das 2 kg de patata Bintje?”, porque me da una hostia y me confundirá con uno de los de las bicicletas y barbas arregladas.

A lo que vamos, que cómo se hacen. Pues es fácil. Yo prefiero el aceite de girasol. Ya se que no es muy patriótico, pero saben más a patata y menos a Andalucía. Las pochas en aceite muy templado como 11 o 13 minutos, soltarán algo de agua que la retiras y ya. Cuando están blandas, las sacas de la sartén y las escurres bien, pones el aceite a tope, que tire humo (si lo haces con aceite de oliva te va a oler a fritanga toda la casa) y en este aceite las metes 1 o 2 min. Y ya están. Plato de supervivencia nivel Semi-Dios.

Por la calle en Bruselas, las venden por todos los lados. En bares, restaurantes, en camionetas o en puestos por cualquier sitio. Ayer, estaba en un parque (uno de árboles, no el de la Warner), y enfilado hacia un estanque, vi de espaldas al típico belga. Camisa de cuadros moderna, gorra y un poco encorvado. Yo en mi ignorancia pensé, “¿para qué se está haciendo el interesante leyendo un libro, un libro delante de un estanque en un parque, si no hay ni una tía a la que impresionar?”, cuando llego a su altura y lo miro, error: todos los morros de mahonesa. Se estaba hincando un cucurucho de patatas con mahonesa, en el más puro estilo Irvine Welsh en modo cerder. Casi voy y le abrazo.

Tienen un plato, un poco cerder que son los mejillones con patatas fritas. Suena un poco raro, pero si calculas que ellos cambian el pan por las patatas fritas, es como si te digo que te tomes unos mejillones son salsa picantilla y no mojes. Matas. Pues mojar con patatas mola. Como norma, “si tu pones pan yo pongo patatas y mola más” y me parece un enunciado científico con pocas fisuras. Piensa en Nocilla con patatas fritas, boquerones con patatas fritas, huevos con patatas fritas (esto suena mejor, ehh), empujar una txistorra con patatas fritas, unos garbanzos con espinacas con patatas fritas… Tiene su recorrido en general.

Y de todo esto, la conclusión que sacamos es, que sin duda alguna, el mayor aporte a la cultura occidental de Bélgica son las patatas fritas. Y como nada que sea un monumento nacional puede existir sin un museo, en Brujas tienen el de la patata frita http://www.frietmuseum.be/en/ que junto con el de la energía nuclear de Corea del Norte, están en las cosas que tengo por hacer antes de los 28.

 

 

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La Gilda

Hoy en Historias que te Solucionan Quedar Bien un Día de Vinos: La Gilda.

Para el que no lo sepa, la gilda es el pintxo por excelencia en Euskadi y se monta en un palillo. Y al menos con una historia curiosa, que está bien tener en el bolsillo, para pisarle cualquier batalla al novio de tu ex en un día de vinos.

La historia empieza en Olite, un pueblo de vinos a unos 40 km de Pamplona. Desde allí se trasladó el señor Blas de Vallés, (no digas el nombre cuando cuentes la historia, parecerá que te lo estás aprendiendo de memoria y no es sabiduría innata). Este señor, que era un bodeguero y vinatero, (nunca he sabido que es un vinatero pero tiene que ser como un semidiós de todos nosotros), se trasladó a Donosti en 1942 a montar una tienda de venta de vinos, porque en Olite, el precio estaba tirado y todo el mundo sabe que en Donosti se maneja viruta. Se pilló un local en la Calle Reyes Católicos y comenzó a traer el vino de Olite y a emborrachar por un buen precio a los Guiputxis. El señor, que era buen negociante, vendía vino por vasos, tinaja o camiones cisterna. Haciendo así un bien incalculable por la sociedad Donostiarra, y el mundo en general.

Su local estaba, y está, al lado del la Estación del Norte, y poco a poco se hizo con toda la clientela de maleteros que esperaban en el bar con un bocadillo y un vaso de vino. El bocadillo pasó a ser una cazuela y empezó a ir la gente del barrio y a crear lo que se conoce como un bar con todo lo que tiene que tener. Incluso cuentan que tenía baño de señoras.

Con el tiempo, el señor Blas, comenzó a importar encurtidos y a poner unas aceitunas con el vino, que algunos días eran guindillas y anchoas. Un habitual del local, Joaquín Aramburu, más conocido en el barrio como Txepetxa obró el milagro (no te aprendas esto que sonará pedante, yo me lo he sacado de Google). Pues eso, que el tal Txepetxa, que ya de por sí tiene nombre de SemiDios Vasco.Y como a los dioses se les conoce mas por sus actos que por lo que dicen, este obró el milagro y ensarto en un palillo, una aceituna, una guindilla y una anchoa. Y se abrieron los mares, callaron las gaviotas y entonces la luz iluminó el sagrado templo. He aquí La Gilda, la base de un vino en un bar vasco y el pilar básico de la sociedad vasca de hoy. Y como tal hecho necesita de un nombre de ese nivel, corría el 1946, año que se estreno “Gilda” la película de la semidiosa Rita Hayworth, y como el milagro era verde, picante y salado, tomó este nombre en honor a Rita, convirtiéndola así en la Madre de la Creación.

A día de hoy, el bar Casa Vallés, ha celebrado sus 65 aniversario abierto. Siguen a los mandos la cuarta generación del Blas Vallés, pero sobre todo, sigue todo el mundo adorando su Gilda. Y de estas hay muchos tipos y cambios, y eso es bueno.

Nosotros diremos que la versión que más nos encanta, es la que tiene por este orden. Cebolla, boquerón en vinagre, pimiento rojo, anchoa en salazón, guindilla, y aceituna (sin hueso o muerte) que lo riegas con aceite bueno, del caro para saber diferenciarlo sin líos.

Y aquí dejamos unos cuantos pasos, para la madre de las gildas. Digamos que esta combinación del milagro, nace de un complejo proceso creativo y culinario, basado en la máxima “DON’T INNOVATE, DUPLICATE”